Después, residirá en grandes capitales, como Madrid (donde estudió, sin concluirlas, las carreras de Veterinaria y Derecho), Mallorca (donde ejerció como redactor jefe de la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela), y, sobre todo, Zaragoza, donde desarrolló gran parte de su obra y entró en contacto con autores estéticamente afines, como Miguel Labordeta.
Desde que en 1951 fundara la revista Doña Endrina, Fernández Molina se dedicará por completo a una prolija y apasionada labor artística, tanto pictórica como literaria, cultivando los géneros de la narrativa, el teatro, el ensayo y el artículo crítico y, fundamentalmente, la poesía. En cuanto a esta última, reúne casi medio centenar de libros y cuadernos poéticos, reunidos en los tres volúmenes de sus Poesías completas. En ellas podemos adentrarnos en una voz poética que mantiene su sello personal entre la generación de posguerra, pues la caracteriza una original fusión del vanguardismo postista y de un primitivismo de ambientación rural, entre los cuales se asoma su condición de pintor, y que no impide el trasluz de temas y emociones clásicamente humanos.
Ha escrito asimismo novela, relato, ensayo, teatro, guion, aforismos y antología, tanto propia como coordinando recopilaciones de otros autores españoles y portugueses.
Reseña crítica
A lo largo de su prolija producción literaria, la condición de pintor resulta evidente en la poesía ‒así como en la narrativa‒ de Antonio Fernández Molina. De este modo, sus poemas retratan expresivas imágenes que se caracterizan por un marcado visualismo, y que dejan ver la influencia de la pintura expresionista. En este sentido, las vanguardias clásicas de los años veinte nutren directamente la poesía de Fernández Molina, especialmente el surrealismo y su gusto por lo onírico y la exploración del subconsciente. No obstante, el propio autor se enmarcó en aquel movimiento neovanguardista de los años cuarenta y cincuenta, bautizado como Post-ismo ‒y con especial desarrollo en Castilla-La Mancha‒, el cual, como su propio nombre indica, trató de aglutinar las características esenciales de las distintas tendencias de vanguardia, y, con ello, superarlas. Por otra parte, el ruralismo es otro de los pilares constantes en su poesía, concretándose en el paisaje campestre de pequeñas aldeas, casi míticas, en el protagonismo de objetos cotidianos e incluso vulgares, y en el cultivo de un léxico asombrosamente sencillo. A todo esto se le une un frecuente tono irónico, el cual no impide el tratamiento de temas y emociones intrínsicamente humanos, y que a través de su heterónimo Mariano Meneses ‒al estilo de Juan de Mairena‒, adquieren una voz más reflexiva, casi filosófica.
(Javier García Serrano)